Me miro, no me reconozco. Me tengo que juntar de a pedazos para entenderme. El mundo me ha fragmentado. Yo que nací siendo una y toda mía, que nací de otra mujer también entera. Yo que respiraba.

Texto y fotos: Jo Thomatis

Aparecí en el mundo ocupando poco espacio, eso nadie puede negarlo, pero en una sola pieza: nací entera. A medida que fui creciendo me enseñaron a disociarme: una nariz, dos ojos, una boca. No sé bien para qué, tal vez para que supiera decir “mami me duele una oreja, mami me pesa la única cabeza que tengo”.  Al principio creía que yo era una extensión del cuerpo de mamá. Me escondía debajo de sus vestidos largos y me abrazaba a su panza cuando quería esconderme de todo.  Después crecí un poco y me di cuenta de que podía correr lejos de ella y seguir viviendo, que yo era otra.

Vi que tenía genitales y quise explorarlos, pero esa fue la primera negación de mi propio cuerpo: “no te toques, bajate el vestido, ¿querés que todo el mundo te vea la bombacha?”; y como por arte de magia ya estaba dividida en dos: todo lo que yo era y podía mostrar como mis ojos, mis manos, mis pies; y todo lo que estaba en mí pero tenía prohibido explorar: mi vulva, mi clítoris, mi ano, mi deseo.

Antes de que empezara a caminar me enseñaron que mi meta en la vida era tener vergüenza y ser madre. Si naciste mujer tenés que cuidar inertes bebés de plástico mucho antes de aprender a cuidarte vos misma y claro, aprender a bajarte el vestido para que no se te vea la bombacha.

Siempre me dijeron los demás qué estaba bien y qué estaba mal de mi cuerpo;  quienes me rodeaban tomaban decisiones y juicios de valor sobre lo que yo era: siempre fui “la gorda” de ojos bonitos. También, según lo que me decían los mayores, era una niña “demasiado enterada”. Se quejaban de mis acotaciones en clase las maestras y me retaban mis padres por meterme en “conversaciones de adultos”. Entonces míos eran mis ojos y la culpa de salirme de un esquema de silencio que tenía destinado. La panza que me daba vergüenza la escondía y no era mía.

A los 15 años no tenía los atributos físicos que el mundo esperaba de mí: las tetas y el culo que los varones agresivos (a veces mayores de edad) nos manoseaban en las fiestas  no habían crecido como los de las mujeres en la televisión. Entonces ya me encontraba dividida en muchas partes de un yo que no reconocía: ¿por qué nunca fui como las mujeres ideales?

Con los primeros encuentros sexuales terminé de partirme en mil pedazos que hasta hoy intento juntar y adueñarme. Me negaron hablar de mi sexualidad cuando lo necesité porque “hay cosas que no se hacen” y en realidad yo aprendí que se hacen pero no se dicen, y eso duele, deja marcas. Hasta hoy me avergüenzo inconscientemente de ser mujer y tener deseos. Hasta hoy soy yo la que siente culpa por las cosas que me obligaron a hacer en mi vida sexual.

¿De quién es mi cuerpo que está en mil pedazos?, me pregunto hoy. ¿De quién depende que una vida comience a gestarse dentro de mí?

¿Acaso del vecino de 60 años que me manoseaba cuando yo tenía 6? Tal vez es potestad del pibe que me obligó a hacerle sexo oral cuando yo lo único que buscaba era mi primer beso.

No sé, quizás deba decidirlo mi ex novio, ese que me encerraba en su casa bajo llave cuando discutíamos.

Aunque probablemente lo que suceda dentro de mi cuerpo sea una decisión que deba tomar un organismo con más envergadura que esos peleles, una institución como la Iglesia, o las fuerzas de seguridad.

Lo que sí parece es que mi cuerpo no es mío. Mías no son las decisiones. No hoy, no en este país en el que la ley prohíbe un derecho latente que nos pertenece.

Las mujeres y cuerpes gestantes nos vemos obligades a vivir en un lugar en el que estamos siempre cortas de oxígeno y en el que tenemos que pedir permiso para respirar. Esta asfixia es algo que no vamos a soportar más. Esta muerte diaria es inadmisible.

De una sola cosa estoy segura: mañana mi cuerpo volverá a ser mío, porque hoy seremos millones en la calle, exigiendo educación sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar y aborto legal para no morir. Ni prohibiéndonos respirar detendrán nuestras bocanadas. Y de todos estos pedazos en los que nos partieron, mostraremos cómo todas juntas nos fundimos en una sola lucha: la lucha por pertenecernos.

 

 

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