Mendoza -

Un colectivo local de derechos humanos que busca rescatar la historia de las desaparecidas y desaparecidos en y de Mendoza promovía la búsqueda de la nieta 127. A modo de homenaje, tomó el nombre de su mamá. Recientemente publicó “Juraría que te vi”, libro en el que detalla entre otras historias, la de María del Carmen Moyano.

Foto: Gentileza

Se trata de Memoria e Identidad Grupo “Pichona” Moyano. Según relatan en su primera publicación, “Pichona Moyano es el nombre elegido para darle vida a este proyecto” y “el mismo nació a la luz de la demanda de un grupo de jóvenes que quería contar las historias de todos los desaparecidos de Mendoza”.

“Pichona fue una luz en la vida de muchos militantes. Primero, cuando era una bella joven dejó su huella de afecto y compromiso en quienes la conocieron. Luego, porque a partir de ese recuerdo, algunos sobrevivientes pudieron volver sobre la memoria en un intento de (re)construcción de la historia colectiva y personal”.

La coordinadora del grupo es Beatriz García, amiga íntima de Pichona que también sufrió la crudeza de la dictadura cívico militar, quien se abocó a reconstruir la vida de su compañera y hacer todo lo posible para dar con su hija.

A partir del insumo de numerosos testimonios, el capítulo II del libro describe a María del Carmen: “Pichona Moyano era una chica de Mendoza, bonita, sencilla, de clase media. Los que la conocieron la recuerdan alegre, entusiasta, vivaz, se hacía querer. Vivía con su familia. Su madre estaba muy enferma y no podía caminar. Ella la cuidaba mucho hasta que finalmente falleció. Estudiaba Farmacia”.

“Tenía un futuro por delante. Podía elegir sus sueños y perseguirlos. Hubiera podido continuar sus estudios, viajar, salir con chicos. Pero Pichona creía en un mundo más justo. Creía en un mundo equitativo donde los excluidos pudieran acceder a las mismas oportunidades. No le alcanzaba con ocuparse solo de su futuro personal, pensaba en un futuro colectivo, en el que todos pudieran estar mejor. Como tantos otros, Pichona eligió militar para conseguir estos objetivos, eligió comprometerse con los más necesitados”.

Foto: Coco Yañez
Beatriz García (centro), en la presentación del libro “Juraría que te vi”.

“Tenía veintidós años. Muy joven, y sin embargo supo jugarse por lo que creía. En medio de una persecución despiadada, apostó por el amor, por el futuro y por la vida. Ella luchaba por sus convicciones, pero también estaba enamorada y esperaba con ilusión a su hija”.

“Pichona era peligrosa para los represores. Para una dictadura que buscaba aniquilar todo pensamiento capaz de proyectar un futuro diferente, toda ideología que pusiera en evidencia su crueldad y su chatura. Tan peligrosa, que la persiguieron hasta que lograron exterminarla como a tantos otros, hasta que lograron atacarla donde más duele, apropiándose de su hija recién nacida, que creció desconociendo su origen, sin poder acceder a lo más propio de cada ser humano, la identidad que nos hace únicos y al mismo tiempo nos incluye en un todo, en una historia común”.

“Ella representa a todas esas voces que quisieron silenciar y que seguimos escuchando tantos años después”.

Foto: Sol Couto
Presentación del libro “Juraría que te vi”.

“Ella simboliza a todas esas madres que sufrieron el dolor de ser despojadas de sus hijos, sabiendo que seguramente ya no volverían a abrazarlos más”.

“Ella nos recuerda a todos esos niños que fueron apropiados por los asesinos de sus padres y los cómplices y que perdieron la posibilidad de crecer en la verdad y con sus familias. Entonces, seguimos buscándolos”.

En abril de 1975, tras participar de uno de los tantos actos que reivindicaba el Mendozazo, Pichona debió pasar a la clandestinidad. Su casa fue allanada y su padre detenido como prenda de cambio. Su amiga Beatriz García, quien además de coordinar el colectivo “Pichona” Moyano, integra el área de Identidad del Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos de Mendoza, ofreció a EL OTRO un texto que describe ese momento y reproducimos a continuación:

4 de Abril de 1975

Hacía algunos meses que ya no compartíamos el espacio de la militancia. Nuestra amistad, claro, seguía intacta. Cada tanto nos juntábamos. Hablábamos de temas personales y, a veces, me contaba cómo andaban las cosas en el ámbito de la militancia. Yo observaba con admiración y preocupación como su compromiso con la causa se iba haciendo cada vez mayor.

Me llamó en la mañana y me propuso que fuéramos al cine. Yo, encantada. Siempre era una fiesta compartir un rato con ella. Quedamos para la función de la noche.

Nos juntamos en la entrada de la galería Tonsa y nos dirigimos al cine City, que quedaba, queda, pero abandonado, al fondo. La película se llamaba La hija de Ryan y nos gustó. En el intervalo, como se estilaba en la época, salimos a fumar un cigarrillo.

“Hicimos un acto en el avión y pusimos bombas panfleteras, se armó un quilombo bárbaro porque llegó la cana y no tengo idea qué habrá pasado con los demás”, desembuchó sin respirar. Suspiré sin saber qué decirle.

La segunda mitad de la película ya no fue lo mismo. Ni para ella ni para mí. Su sinceramiento había sido una necesidad irrefrenable de contarle a alguien, de compartir su angustia. La debe haber aliviado. Eso espero.

Cuando salimos nos fuimos a tomar un café.

-Te llevo a tu casa.

-No, te queda a trasmano.

-No importa, charlamos otro poco.

No fue así. Durante el trayecto permanecimos en silencio. Una mala espina nos sobrevolaba. No era para menos.

Cuando llegamos a San Martín y Paraná y ya estaba doblando a la derecha para entrar a su calle, vimos el espectáculo. Había camiones del ejército y varios autos parados en la puerta de su casa. Rápidamente nos pusimos de acuerdo y decidimos seguir nuestra marcha. Como si nada pasara. Como si no tuviéramos nada que ver. Pasamos lentamente. Mirando con supuesta curiosidad inocente de quien no sabe  lo que está pasando en ese lugar. De esta manera logramos pasar sin mayor problema.

Seguimos por Paraná hasta Fray Luis Beltrán.

Nos miramos. Dudamos.

-Vamos a mi casa.

-No, será el primer lugar donde me van a buscar.

Así fue. Dos días después allanaron mi casa.

Yo no estaba. Mi vieja, querida bataraza sobreprotectora, se encargó de dejarme a salvo.

En pleno operativo mandó a mi sobrina. Ocho años tenía, sólo ocho años. Su misión era ir a la estación de servicio y llamar a la casa donde yo me encontraba. ¡Qué comunicación esa mujer y esa mujercita! La casa llena de milicos revisando, revolviendo, destrozando, avasallando la intimidad de mi familia y ellas dos poniéndose de acuerdo para dejarme fuera de su alcance.

-Doblá a la izquierda.

-Obedecí sin decir palabra

Me pidió que la dejara en la esquina de San Martín y Salta, donde había una sanguchería que estaba montada en un viejo tranvía y se llamaba El Tranguay.

-Me voy a la casa de la Susana Porras (compañera de Marcos Ibañez). Ahí voy a estar a salvo hasta que pueda hacer una cita con alguien para que me ubiquen en un lugar seguro.

Nos despedimos con un beso apurado y medio distraído. No era para menos.

Esa fue la última vez que la vi en la legalidad.

 


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