Mendoza -

Literatura de acá

Texto: Candela Oliva
Foto: Ser Shanti

Yo no sé nada de ovejas. Tengo que ser sincera. Pensaba que estaban en una especie de “fondo común cósmico”, y de ahí las tomaba prestadas quien las necesitara. Pero mi insomnio crónico me enseñó que no es así. Cada persona cuenta con un rebaño infinito de ovejas propias, únicas.

Las mías las recuerdo gorditas, de pelo muy suave. Algunas tenían sombrero, otras fumaban largas pipas de tabaco y burbujas. Algunas escuchaban música en un walkman prendido con un cinturón.

Siempre me pareció una tontería esa costumbre de contar ovejas para conciliar el sueño, un cuento más entre las creencias populares. Pero cuando comienza a sentirse el ruido de la ciudad despertándose en la mañana, el ajetreo de los autos, el sol que golpea los postigos y yo sé que en dos horas el despertador va a empezar a ladrar, intentaría cualquier cosa.

Sucede que cierta noche, pasadas las cuatro de la mañana, comencé sencillamente a contar ovejas a modo de divertimento. Las fui acomodando en el reducido espacio de mi cuarto para que estuvieran cómodas. Entraban de un salto por la ventana y se amontonaban para dejar espacio a la siguiente. Lentamente caí en el sueño, adormeciéndome sobre la suavidad de una de ellas hasta que solo vi el pelaje blanco que me rodeaba por completo.

Jamás hubiera creído que funcionaría. Y tan maravillosamente. El problema fue que cuando abrí los ojos, temprano al día siguiente, las ovejas seguían ahí.

Mis ovejas, todas las que logré contar la noche anterior.

Al principio me reí, creyendo que era simplemente producto del cansancio que implicaba una semana de insomnio. Me vestí, desayuné, cepillé mis dientes y ni una oveja se movió.

No eran ovejas normales. Cuando salí de mi casa hacia el trabajo un grupo de ellas me siguió, cerrando un círculo alrededor de mi cuerpo. Iban conmigo a todos lados, a veces alguna tocaba el contrabajo mientras yo mantenía conversaciones aburridas con mi jefa, o giraba hasta marearse en el pasillo del colectivo.

Me planteé seriamente que quizás seguía dormida, pero en realidad eran ellas las que por alguna razón se habían despegado de la dimensión del sueño.

Me sentí triste por ellas. No quería que su existencia de ovejas cósmicas se limitara a seguirme. Además, ¿dónde irían si me sucedía algo? Tenía que enviarlas a casa.

Me acomodé apenada una noche sobre mi cama. Las peiné a todas, las besé. Sacudí sus sombreros, limpié sus pipas y fui contándolas en sentido contrario hasta llegar al cero.

Se fueron yendo por la ventana. La última giró a mirarme por un instante.

No volví a llamarlas. Temo que alguna puerta se haya roto, y ellas queden varadas para siempre en este mundo.

De todas formas, no he vuelto a tener insomnio.