Fotos: Seba Heras

“En mi pueblo sin pretensión / tengo mala reputación. / Haga lo que haga es igual / todo lo consideran mal”, canta (en francés) George Brassens en un video que propala una notebook, cerca de la mesa servida con tortitas, tostadas, mermelada y mate.

“Esto está por si ustedes estaban como queriendo merendar”, nos ofrece Nahuel Jofré en su departamento de Godoy Cruz, con una inconfundible manera valletana de expresar una costumbre tan ancestral como hospitalaria.

En esa escena ecléctica de sabores y sonidos, enriquecida por libros apilados, una imagen de Atahualpa Yupanqui pendiendo de la puerta, y unos imanes con obras del plástico austríaco Hundertwasser pegados en la heladera, comenzamos la charla.

Fuera del folclore, ¿qué escuchás?

Me gusta la música latinoamericana en general. De hecho me cuesta dividir, trazar la línea de qué no es folclórico. Me cuesta discriminarlo tanto, que a veces la guitarra se me quiere ir para ahí y encuentro que Fito tiene algo de chamamé, encuentro cositas folclóricas donde supuestamente no las hay.

Está esa cuestión del etiquetamiento. ¿Vos lo padecés?

En lo personal no lo sufro tanto, porque yo estoy muy ligado a lo folclórico. Me siento bien en esa casa.

¿Pero no te pasa que si le metés una percusión ya te aparecen los guardianes?

Me ha pasado, he recibido algunos ataques, pero que ya han quedado desubicados. El que sale al cruce queda más mal parado que el que cometió la infracción.

Vos sos de San Carlos, donde la tradición pesa mucho…

Me pasaba más de guacho. En algún momento hice intentos más transgresores, de rockear un poco más sobre bases de chacareras. Pero me di cuenta de que no era por donde quería ir. Ni el medio me incentivó demasiado, ni yo tampoco me sentí cómodo en esto de los intentos de vanguardia.

En el Valle de Uco es muy difícil no ser parte del folclore. No hablamos del espectáculo, sino de una forma de vida. ¿Cuándo comenzaste a convertir lo cotidiano en poesías y músicas?

Buena parte del origen yo se lo atribuyo a un aparato comunicacional que de alguna manera, más o menos consciente, estaba al servicio de las manifestaciones folclóricas. Una radio de pueblo, una FM, que programa música folclórica.

Hay un consumo masivo, en pueblos chicos si se quiere, de símbolos culturales folclóricos que para mí fue fundamental. Un repertorio de música popular que se me puso a la mano, que facilitó orejear unas primeras cosas, y ahí empezar a tocar cuestiones básicas. Comencé a encarar canciones entre los ocho y los diez años.

Tan a la mano como eso estaban los consagrados del rock de los 80 y 90. Por suerte, materiales de Charly, Fito, Gieco y Spinetta sobraban en las casas de los adolescentes de esa época. Un tema como Parte del aire, de Spinetta-Páez, me resultaba a la mano tocarlo como un chamamé. Había un parentesco ahí.

Parte del pueblo

“Hay procesos que son contaminantes. / Hay industrias que son contaminantes. / Pero hay riegos que son contaminantes. / Y hay salarios, contaminantes”. (Socavón)

“¿Viste que fácil es trazar la línea entre el pueblo y los artistas? Unos representan a los otros, los otros se hallan representados por los unos. Es complejo pero, para mí, la explicación es que no hay artista si no hay pueblo”, define el músico al tiempo que rasguea algunos acordes para sopesar cada palabra que pronuncia.

“Los artistas no salimos de otro lado, somos parte del pueblo, con la diferencia de que los artistas somos un pueblo ejerciendo su derecho a la producción cultural. No somos una masa consumidora de elementos simbólicos de la cultura, sino que también producimos”.

¿Te parece que esto tiene que ver además con un nuevo concepto de patria, con un tránsito del paisaje y la tierra, a una patria más cercana a ese pueblo del que vos hablás? En tus letras decís mucho del paisaje, pero siempre el ser humano está presente…

Hay una explicación de la que debo hacerme cargo: al que le pasó cerca de un ojo el Manifiesto del Nuevo Cancionero se le partió la cabeza. Si no aceptamos esto, estamos mintiendo. Por empezar, ahí es como que se plantearon ciertas simientes. No es que los autores del Nuevo Cancionero inventaron la pólvora, y que de ahí en adelante comenzó a pasar esto de incluir al hombre en el paisaje. Yo creo que fue reconocer algo que sucedía, y ponerlo en un papel.

Por entonces había un ímpetu por definir las cosas. Hoy pareciera que se fluye más espontáneamente. ¿Sería impensado escribir un manifiesto?

Hoy suena como un disparate. Tiene que ver con la ausencia de doctrina, de liderazgos. Hoy hay una intención atroz, voraz, por alejarnos de la práctica política. Pretenden destrozarnos los símbolos, persuadir a los líderes, desprestigiar a los referentes políticos, alejarnos de la práctica político social y teñirla de lo más oloroso que se pueda, para que ni nos acerquemos a eso.

Volviendo un poco a lo anterior, yo creo que con la idea que sí me siento fuertemente ligado, es con esto de reconocer los antecedentes, de los hombres –en ese momento la mayoría eran hombres- que hablaron de lo humano dentro del paisaje: Yupanqui, Palorma, Dojorti (Buenaventura Luna).

Este concepto está muy presente, por ejemplo, en “La flor de la montaña” de tu último disco. Pareciera que es una descripción de un objeto, pero es la relación de un sujeto con el universo a partir de una simple flor…

Exactamente. La idea es poder explicar desde situaciones pequeñas, achicadas, de la manera más simple que nos permita la canción, una historia universal. Hay veces que hago el esfuerzo, e intento ser lo menos autorreferente que se pueda, para no contarlo como una historia personal. Me pregunto: “¿hay algo que nos pasa a nivel colectivo con ciertas cosas?” A lo mejor somos cientos de miles a los que nos pasa lo mismo ante un suceso. “La flor de la montaña” por ahí explica eso.

Con vuelo propio

En el fluir de la charla, Nahuel Jofré subraya lo importante que fue en su formación reconocer las herramientas que necesitaba para avanzar. Nos dice: “Uno puede ser autodidacta hasta un punto, salvo que sea un gran iluminado, que no es mi caso ni de ninguno de los que conozca. Necesitás estudiar, y movilizarte de tu medio, juntarte a tocar con alguien que te abra un par de ventanas”.

No es fácil, técnicamente, tocar folclore cuyano. ¿Cómo fuiste encarando ese desafío?

Yo soy un defensor de la música cuyana como un espacio fértil para la canción. Está eso de que “tocar tonadas no es para cualquiera”. Yo creo que si hay algo que molesta guitarrísticamente en el cuyanaje, no es que no estés tan capacitado para tocar un montón de notas, sino que tirés fuegos artificiales, me parece.

Yo creo que si un cantor se planta y toca al estilo del campo es aceptado. Se puede tocar con tres acordes y con una línea de punteo sencilla. Lo que se valora es ese respeto de saber lo que se está haciendo, el respeto a la guitarra.

¿Cuándo empezaste a notar que necesitabas nuevas herramientas técnicas, musicales, para crecer?

Cuando empecé a encontrar en la música folclórica las respuestas que le pedía. Yo estaba escuchando en la niñez, por ejemplo, cosas de Hernán Figueroa Reyes, que están buenísimas y las disfrutaba con mucho placer; pero en la adolescencia me llega toda la música latinoamericana y el rock, con un mensaje que me conmovía más, pero que no podía abordar, porque no tenía los recursos técnicos para hacerlo.

Por ejemplo, escuchaba a Mercedes Sosa tocando la Zamba del riego y me encontraba con acordes que no los podía tocar de oreja, y los forzaba con la voz. Era evidente que necesitaba algo más. Ni hablar cuando quise abordar la Zamba Azul.

¿Dónde encontraste esas herramientas?

En el Valle de Uco, en músicos del palo del rock, en la movida pareditana, de los Dueños del Santo, de lo que se daba alrededor de La Estafeta. Y un poquito antes de venirme a vivir al Gran Mendoza, me entero que se crea en la Facultad de Artes de la Universidad Nacional de Cuyo, la carrera de Música Popular.

Yo no manejaba conocimientos teóricos de la música, siempre estuve como rebelde frente a eso. Terminé la secundaria, me anoté en la escuela artística de La Consulta, y ahí descubrí que el arte es algo súper integral. No me sentía como en mi casa en ese lugar, pero era evidente que tenía mucho por aprender. Yo tuve la suerte de llegar al sistema, cuando el sistema estaba cambiando, y nos recibe a nosotros, los artistas de la música popular.

¿Y en lo literario, en la poesía, cuál ha sido tu campo de aprendizaje?

La música argentina es mi escuela. No soy un poeta, lo que yo hago son canciones, que son construcciones más sencillas. La música argentina tiene grandes poetas, contenido poético profundo, que es una escuela para los que queremos hacer canciones.

La música de Cuyo me permite, sin ser un compositor, tomar recursos de la teoría compositiva, y echar mano a recursos poéticos, para hacer esta construcción pequeña y simple, pero no por eso menos profunda, que es la canción.

 


+Nahuel Jofré aquí.