Mendoza -

Por Julio Semmoloni

Transformar estructuralmente el país para que la redistribución de bienes y servicios logre la bonanza generalizada de la sociedad es el objetivo central de un proyecto populista capaz de concretarse. Planificación y recursos van de la mano. Acierto y cuantía dependen de la complejidad y necesidades del país. Requiere un gobierno sustentable en el largo tiempo de realización. Pero las emboscadas del poder real a la vulnerable democracia conspiran contra el prolongado rédito electoral, imprescindible para no malograr el arduo empeño a mitad de camino.

Un columnista de Página 12 escribía días atrás que durante el kirchnerismo la obra pública ascendió a 108 mil millones de dólares, sin otras precisiones que considerarla “más grande, extendida y diversa, por lejos, que la realizada por cualquier otro gobierno desde 1955”. La mención del periodista no pasaba de eso, apenas una referencia para calibrar el motivo de la renovada embestida judicial contra De Vido, por cuyo ministerio pasó la mayoría de las decisiones.

El gobierno anterior perdió las elecciones en 2015 porque la gente fue presa de la confusión que derivó en aceptar las infames denuncias de corrupción formuladas en campaña sin prueba contundente alguna. Cuando el proyecto de crecimiento y transformación está en fase de gestación, y en varios aspectos aún pendiente de mostrar resultados, suele ser factible denigrar con mentiras el avance a medio hacer, pues la gente en general adolece de una visión capaz de contextualizar la evolución del conjunto de la tarea oficial.

El kirchnerismo terminó quedándose en 2003 con gobierno y país a la deriva, porque el establishment económico depredador no le opuso resistencia, dado que necesitaba la recuperación de la actividad productiva para seguir lucrando. Pero la misión que se autoimpuso ese mandato requería de planes y recursos inesperados por la escala del esfuerzo, de modo que una vez más al principio prevaleció la resolución de las urgencias: tantísimas y gigantescas.

Durante los comicios de 2007, pese a que el kirchnerismo no fue con su más atractiva fórmula y la campaña resultó disputada, el grueso de los argentinos apreciaba el notorio contraste a su favor en cuatro años. Durante la gestión de Cristina, la derecha se puso en alerta para combatir cuanto antes el proyecto político que proponía alterar los términos muy inequitativos de la inveterada distribución de los ingresos.

La consolidación kirchnerista en el gobierno propició la hegemonía política de un relato que arrasó en la reelección de 2011. La ampliación de derechos y beneficios sociales evidenciaba rotundas mejoras generalizadas. El reiterado test de las urnas fue superado con la mayor holgura histórica. Ese resultado enardeció aún más a la derecha y lamentablemente distrajo al oficialismo del arduo y esclarecido propósito central, el cual requiere, como quedó dicho, de la continuidad en el poder formal.

Esta columna en varias ocasiones se ocupó del mismo tema. El argumento es lógico aunque insuficiente para explicar la derrota electoral como secuela de la aparición de una alianza derechosa, brutalmente antagónica al populismo gobernante por más de doce años. El macrismo, en tanto ariete representativo del furioso establishment, se valió de todas las argucias del extremismo mediático para demonizar con generalizaciones inverosímiles, la magnitud inédita de la obra pública y el ambicioso propósito social de sus gestores.

El kirchnerismo no estaba preparado para conjurar tanto asedio. Además, no supo dimensionar en tiempo y recursos la magnitud de dicha realización. Por ejemplo: en el conflictivo y estratégico Conurbano bonaerense se difundió con bombos y platillos cada entrega de conexiones cloacales a numerosos barrios de diferentes jurisdicciones. Pero la realidad marcó que el ritmo porcentual de usuarios incorporados a la red fue lentísimo, y en la actualidad casi la mitad de esa población todavía carece del servicio primario.

Esa cuantiosa obra de infraestructura básica nunca antes se había encarado con tanto ahínco. Como los recursos destinados a cubrir las mismas urgencias en todo el país eran escasos, se necesitaban muchos más años de gobierno populista para completar la tarea. La doble trampa del subdesarrollo es la desigual distribución de la riqueza y la escasez de recursos presupuestados para mejorar la calidad de vida de toda la población. La derecha impiadosa y mezquina tiene siempre la mesa servida para engañar a la voluble clase media con la cantinela del desmedido gasto público y la corrupción. Simplifica el sofisma de este modo: gastaron más que nunca en obras para los pobres y ni siquiera los sacaron de la pobreza estructural, por lo tanto “se robaron todo”.

La derecha tiene su poder de fuego dispuesto a dañar severamente todo intento dirigido a retomar aquel propósito frustrado. Pero en el supuesto que amplias mayorías desairadas por la chapucería inconcebible de Cambiemos puedan ser atraídas por la prédica kirchnerista, esa derecha cerril cuenta con idiotas útiles como Randazzo, que a su año y medio de mutismo absoluto ante el saqueo macrista, prefiere considerarlo de respeto democrático al gobierno nuevo que merece un tiempo prudencial de tolerancia.

La referencia del monto total en dólares invertido en la obra pública por el gobierno anterior, alienta al columnista de Página 12 para asegurar que superó con creces cualquier cantidad destinada a fines similares por los gobiernos  sucedidos desde el derrocamiento del peronismo en 1955. Pero resulta vana la comparación: ninguno de esos gobiernos se propuso beneficiar con idéntico empeño al más amplio número de lugares y habitantes.

El verdadero problema estructural está en que la cantidad invertida, en el caso de verificarse como auténtica y precisa, parece bastante pequeña para resolver en un plazo razonable las dificultades históricas inherentes al subdesarrollo. Nunca debieron perderse las elecciones de 2015, porque ahora será el doble de difícil cumplir desde otro gobierno lo que se propusieron Kirchner y Cristina, mientras el establishment parecía sorprendido por un mandato inesperado, capaz de construir desde el gobierno un proyecto altruista ahora malogrado.

A la constante doble trampa del subdesarrollo se agrega el posicionamiento circunstancial de una derecha vencedora en las urnas, autosatisfecha de estar desempeñando por sí misma el control de todas las decisiones que blindan su poder real. El clima de época es que hegemoniza los tres poderes del Estado y se expresa con locuacidad ferina a través de la corporación mediática.