Mendoza -

Cuando Jorge Castro Rubel recibió la invitación del grupo Pichona Moya Memoria e Identidad, para presentar un libro de historias de vida de desaparecidos, no dudó en viajar a Mendoza. El contacto con los autores de la obra era reciente pero el lazo que lo une con la causa, con la historia de Pichona y su voluntad militante, lo trajeron sin titubear a estas tierras. El compromiso que sus padres asumieron en su juventud se proyecta en su vida, y lo sostiene con acciones. Comprende que los procesos históricos redefinen las nociones y las delimitan.

Fotos: Coco Yañez

Jorge tiene 40 años, se graduó en la UBA de sociólogo y es investigador asistente del Conicet, especializado en conflictos gremiales. En 2014 supo que sus padres biológicos habían sido secuestrados, que estaban desaparecidos y que él había nacido en la ESMA, como muchos otros bebés, como la hija de la mendocina Carmen Pichona Moyano.

El sentido de la solidaridad y el sentimiento colectivo fueron lo primero que afloró en aquellos “días shock”, como los describe él. Cuando le comunicaron el resultado de la prueba de ADN, buscó vincularse rápidamente con los familiares que lo estaban buscando, para detener el dolor de esa incertidumbre que había durado 37 años.

Luego de la presentación del libro del grupo Pichona Moyano (Juraría que te vi), el joven compartió una entrevista con EL OTRO. Corría la segunda quincena de agosto y en el aire se percibía el retorno de un Estado represor con sus nefastas prácticas. Hablamos con Jorge Castro Rubel, el nieto 116, el cientista social.

¿Cuál fue tu primera relación con la ESMA?

Estuve ahí en el año 2004, el día del acto del 24 de marzo, cuando Néstor anuncia que iba a hacer un Espacio para la Memoria. Estuve muy cerca del escenario y realmente fue un acto tremendamente emotivo, yo estaba tremendamente emocionado. Toda la gente alrededor estaba muy emocionada. Me acuerdo que Juan Cabandié leyó unas líneas contando su historia. Él había restituido su identidad hacía muy poquito tiempo y recuerdo que, si bien yo sabía lo que había sido la apropiación de niños en la dictadura, ahí fue como un impacto tremendamente fuerte.

Volví cuando ya había conocido mi origen, en febrero de 2015, que en realidad no estaba para nada preparado para ir. Me costó un montón, estaba muy nervioso. En el parto de mi mamá hay dos detenidas que la asisten. Las dos son sobrevivientes. Una de ellas vive en Suiza que es Sara Solarz de Osatinsky y la otra es Alicia Milia. El mismo día que a mí me dan el resultado de ADN, fui a Abuelas y estuvo Alicia, así que desde ahí estrechamos un vínculo.

¿Cuándo llega el relato de conexión con Pichona Moyano? ¿Desde el comienzo conociste el vínculo de tu mamá con Pichona?

Sí, muy rápido, desde los relatos y las lecturas. Yo casi no podía trabajar entonces, me tomé tres, cuatro, cinco meses para leer. Casi de manera obsesiva, con mucha necesidad de ir ubicando los detalles de quién nació antes de quién, quiénes nacieron en la ESMA y quiénes nacieron en otro lado. Quiénes fueron esas mamás que estuvieron ahí. Así que en ese marco fue que conocí el caso de Pichona. Además está muy presente en el relato de las sobrevivientes y en muchos casos.

En la presentación del libro hablaste del proceso de los hijos y la discusión entre la idea de los jóvenes idealistas o la reivindicación de que nuestros padres formaron parte de la lucha armada, ¿te habías planteado ese proceso?

Sí claro, porque cuando uno entra a la carrera de Sociología en la Universidad de Buenos Aires es inevitable la referencia histórica y el conocimiento. A mí, no sé por qué, pero todo el proceso de lucha contestataria de los setenta siempre me fascinó. Tomé los primeros contactos con bibliografía y con discusiones sobre el tema. Además, a mí me tocó estudiar con una generación de docentes que, para mí, fueron un privilegio, profesores que se habían exiliado y que habían vuelto a fines de los ochenta o por ahí. Entonces, también había un relato y una discusión sobre el tema. Tenía mucho interés en conocer la historia de Montoneros y del ERP e hice algunas materias donde se tocaban los temas y lecturas, además de testimonios y algunas más históricas hechas por profesionales.

Y después, cuando vos te enterás de que tus padres eran militantes de las FAL, ¿cómo acoplaste eso?

Me ahorró y me sirvió como para poder entender un montón de cosas. Obviamente, cuando ya pasa por una cuestión de un vínculo familiar, también te hacés otras preguntas. Porque, por ejemplo, para mí no había sido tanto un problema y un debate de cómo esta generación, con hijos chicos o embarazadas, seguían arriesgando su vida y exponiéndose tanto. Pero bueno, ya cuando uno es hijo y no tenés a tus padres, y uno incluso siendo padre… No sé, yo siento que me debo mucho a mis hijos también. Pero bueno, son preguntas que uno también se hace y que al día de hoy tampoco tienen muchas respuestas.

Creo que es importante contextualizar la pregunta de hoy día y contextualizar la época. Son dos contextos distintos y es una cuestión valorativa. Ni ellos tenían razón ni nosotros tenemos razón. O la razón, en todo caso, la tenemos ahora y la tenían antes. Era un contexto histórico totalmente distinto.

Uno lee la última carta del Che y se pone en el lugar de hijo y piensa: “Yo quiero tener un viejo no un tipo que me deje una carta”.

Sí, claro. Imagino que había un compromiso con todos los caídos. Entonces cómo abandonar una lucha cuando ya hay tanta gente comprometida. Me parece que también eso los habrá arraigado bastante como para no irse, además de sus convicciones. Era una generación muy distinta a la nuestra, o la nuestra es muy distinta a esa. Y cuesta pensar mucho eso, entender y aceptar. Porque tiene que ver con la lucha política pero también con el individualismo dominante de hoy y el hedonismo. Son valores muy distintos. Hoy día, me da la sensación, uno ve generaciones más hedonistas.

¿Será por eso también que a gran parte de la sociedad le cuesta entender, por ejemplo, el rol de Santiago Maldonado en esa protesta? Y prenda fácilmente el discurso de la derecha asociándolo con “grupos terroristas”?

El andamiaje justificatorio de la represión es tremendo. Se repiten las mismas figuras. Pero vos fíjate que en la década del noventa también estaban muy presentes. En ese momento se hablaba de “subversivo”, “extremista” o “guerrilla”. El poder es así, también es poco creativo, está como en un confort intelectual de lo exitoso, ¿no?

Creo que el poder dominante trabaja en el corto plazo, aprovechando también la tarea intelectual desarrollada en el largo plazo. ¿Por qué la noción de apátrida funciona si no hay un trabajo de la noción de patria primero? Funciona por eso, porque hay un trabajo ideológico de corto plazo, uno de mediano plazo y uno de largo plazo.

¿Crees que falta discusión sobre la generación de los setenta? Pareciera que si reconocemos que nuestros padres eran militantes armados, estamos dándole pie a que justifiquen que nuestros padres mataban gente. Está ese hueco por la falta de discusión…

Es un poco la Teoría de los dos demonios, ¿no? Si vos mataste, yo tengo derecho a matarte. La realidad es que eran dos fuerzas completamente diferentes, con objetivos diferentes, con capacidades diferentes y con prácticas diferentes. No es lo mismo llevar adelante una lucha armada por la liberación que un genocidio para conceder un estado de cosas desde el Estado. Esa es la gran diferencia. Pero sí, yo creo que muchas veces puede haber cierto temor a dar pie a eso.

También partamos de que nada de lo que hagás le da derecho al Estado a matar. Tampoco creo en absoluto en la pena de muerte, para nadie. Entonces, claro, podrá haber algún tipo de reproche colectivo con ciertas conductas, pero nada más.

Hay una cuestión ética, que después se convierte en algún tipo de falacia política, que plantea que todas las muertes son iguales…

Creo que hay algo que es muy importante, y que no se hizo, que es un debate sobre la estrategia de la lucha armada. Y es muy difícil esa reflexión hacia adentro. Pero también hay que ser consciente de que no es un debate de hoy día, de los jóvenes posmodernos, sino es un debate también de la época. Hoy se activan los mismos mecanismos, parece mentira, cuarenta años, pero sigue teniendo efectos muy concretos. Yo busco, en esa experiencia, la explicación a muchas de las cosas que nos pasan hoy en día.

Un genocidio deja marcas por generaciones y generaciones. Además de la destrucción de toda una fuerza social. A veces se dice románticamente “se llevaron a los mejores” pero, en realidad, eran gente ideológicamente formada, algunos más, algunos menos, pero aparte sabían accionar políticamente. Entonces claro, nos descabezaron. Y bueno, ¿cómo explicás los noventa y toda esa ofensiva neoliberal? Claro, dejaron a todos los burócratas y todos los traidores. A la fuerza popular la descabezaron. Eso es importante contextualizarlo.

Yo tengo el esquema de la lucha de clases en la cabeza. La experiencia de mis padres, yo la pienso en esos términos. Me parece importante la politización de esas experiencias de vida. Si no son solo chicos buenos, jóvenes idealistas que estaban luchando por el boleto estudiantil y entonces los secuestraron.

Los portadores del discurso dominante trabajan 24 horas y por todos los medios. Y en este momento y en esta coyuntura tienen todos los medios. El poder político, los jueces, los medios. Están en uno de sus mejores momentos históricos, podríamos decir. Y, además, son muy inteligentes y en este momento han aprendido que la brutalidad genera resistencia.